Acaso se haya tratado de una simple asonada o de un conato de rebelión cuyos objetivos inmediatos quedaron truncos, pero sin duda es una señal de alarma y de alerta que América del Sur en su conjunto no debe ni puede ignorar.
El conflicto suscitado en Ecuador está aún muy fresco, tal vez demasiado para realizar un balance integral de lo acontecido, sin embargo ello no impide extraer algunas conclusiones acerca de aspectos de la realidad continental que merecen ser destacados.
En ese sentido, las amenazas cernidas sobre las democracias sudamericanas, ese doble ataque foráneo y autóctono, permanente y constante, dirigido a cada uno de los gobiernos populares que bien supieron elegir los países de esta parte del continente, se revelan como una de las aristas relevantes de este caso y de estos tiempos.
Pues nuevamente ha quedado claro que el peligro está vigente, que acecha desde afuera oculto tras foráneos intereses, pero a la vez germina en las entrañas mismas de nuestras naciones, a la sombra de aquellos grupos mezquinos que se espantan ante la llegada de la hora de los pueblos.
Sin embargo y frente a ello la esperanza, esa que nace de la firme y mayoritaria decisión de nuestras sociedades de construir naciones independientes y soberanas, que crece a la par de la recuperación de los derechos y espacios populares, que madura en la convicción de que el único camino posible es el de la igualdad en democracia y, por sobre todo, que se hace adulta en la solidaridad y unión política expresada en la unánime posición adoptada por los gobernantes de la región en su conjunto.
viernes, 1 de octubre de 2010
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